Si el PRM entrega su presidencia al pastor Dío Astacio, el partido llorará lágrimas de sangre

Por: Santiago López
Santo Domingo, 11 de marzo de 2026

El Partido Revolucionario Moderno (PRM) se encuentra en un momento delicado de su historia. Con el presidente Luis Abinader posicionado como figura central para asumir la presidencia del partido en el congreso de 2026, y con José Ignacio Paliza dejando el cargo tras años de gestión, surgen rumores y especulaciones sobre posibles nombres que podrían aspirar a roles de alta dirección. Entre ellos, lamentablemente, circula con insistencia el nombre del pastor Dío Astacio, una figura que llegó relativamente tarde a las filas perremeístas y que, para muchos militantes de larga data, representa todo lo contrario al espíritu original del partido.

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Si el PRM comete el gravísimo error de entregarle la presidencia —o cualquier posición de máxima autoridad— a este pastor, el partido no solo se desviará de su esencia, sino que sufrirá un daño profundo, quizás irreversible. Los verdaderos parmistas, aquellos que sudaron la gota gorda en las luchas contra el continuismo peledeísta, los que defendieron la democracia interna y los principios de progreso social con honestidad, llorarán lágrimas de sangre al ver cómo una figura externa, con agenda propia y métodos cuestionables, se apodera de la dirección de la organización que tanto costó construir.

Dío Astacio no es un parmista de toda la vida. Llegó al partido en 2018, procedente de otras experiencias políticas, y rápidamente ha intentado imponer su estilo personalista y su visión religiosa sectaria en espacios donde el PRM siempre se ha caracterizado por ser plural, laico en su accionar político y enfocado en el bienestar colectivo más que en prédicas individuales. Su presencia ha generado división en más de una ocasión, con actitudes que muchos califican de mala fe, oportunismo y falta de lealtad institucional. No representa el sentir mayoritario de los parmistas: la clase media trabajadora, los profesionales, los jóvenes progresistas y los veteranos que aún recuerdan las banderas de Peña Gómez y Hipólito Mejía en su versión más auténtica.

Entregar la presidencia del PRM a alguien como él sería un suicidio político. El partido, que hoy gobierna la nación con logros reconocidos pero también con críticas crecientes por desconexión interna, no necesita más divisiones ni liderazgos mesiánicos disfrazados de espiritualidad. Necesita cohesión, experiencia probada y compromiso genuino con los principios fundacionales. Un pastor con aspiraciones políticas desmedidas, que ha demostrado en poco tiempo más interés en autopromoción que en fortalecer la estructura partidaria, solo aceleraría la erosión que algunos ya perciben en encuestas y en la calle.

A los dirigentes del PRM les advertimos: no subestimen el rechazo que esta posibilidad genera en la base. Los perretas de verdad no están dispuestos a ver cómo su partido se convierte en plataforma personal de alguien que llegó tarde, con métodos cuestionables y sin haber compartido las batallas históricas. Si eso ocurre, no serán solo lágrimas de sangre las que corran; será el principio del fin de la unidad que tanto trabajo costó recuperar.

El PRM debe elegir sabiamente. La presidencia del partido no es un púlpito para prédicas ni un trampolín para ambiciones personales. Es la responsabilidad de conducir a miles de militantes que creen en un proyecto colectivo, no en un caudillo disfrazado de pastor.

Que prevalezca la sensatez. Que no se equivoquen. Porque si lo hacen, el llanto será generalizado y el arrepentimiento, eterno.

Santo Domingo, marzo 2026

COMSESO S.R.L.

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